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viernes, 9 de marzo de 2012

Por qué me da asco la Historia de la Humanidad

Siempre fui muy sensible a estos episodios históricos, aunque es demasiado aséptico llamarles así y serían más bien macroepisodios. De joven ni siquiera podía ver series o películas sobre el Holocausto, luego ya en la madurez hasta estudié una asignatura de Antropología del genocidio. En todo caso son episodios en que probablemente por su cercanía cronológica a mi, porque en el contexto general de la Historia son de un pasado reciente o lo han sido cuando yo ya vivía, me han desasosegado demasiado hasta el punto de tener en tan poca estima la historia de la Humanidad, y por ende la Humanidad misma.

No, este no es el planeta azul, este es el planeta rojo, y los gritos de los masacrados aún deben estar viajando en el espacio regurgitando dolor por todo el Universo:


LA FURIA EXTERMINADORA DE HITLER Y STALIN
'Tierras de Sangre': catorce millones de veces 'uno'
Por Mario Noya
Libro negro extraordinario, imprescindible, insoportable: Tierras de Sangre. Europa entre Hitler y Stalin, de Timothy Snyder. Aturde.
Las Tierras de Sangre de que habla Snyder son las repúblicas bálticas y Bielorrusia, casi toda Ucrania, buena parte de Polonia, la franja más occidental de Rusia y una pequeña porción de Moldavia. Fueron las tierras de la Shoá, del Holodomor, del Generalplan Ost, del Plan de Hambre. De Katyn. Del Gas y el Fuego. De las violaciones en masa y el canibalismo. De la saña. Una barbarie única, infernal, indescriptible. No hay palabras, por eso me salen tantas.
[En 1933, en plena Gran Hambruna ucraniana,] en un pueblo de la región de Járkov, unas mujeres hacían lo que podían para cuidar a los niños. Formaron, recuerda una de ellas, "una especie de orfanato". (...) "Los niños tenían los estómagos abultados; estaban cubiertos de heridas y de costras, sus cuerpos parecían a punto de reventar. (...) Un día, los niños se callaron de repente; fuimos a mirar lo que ocurría y vimos que se estaban comiendo a Petrus, el más pequeño. Le arrancaban tiras de carne y se las comían. Y Petrus hacía lo mismo, se arrancaba tiras y se comía todo lo que podía. Los otros niños ponían los labios en las heridas y se bebían la sangre (...)". (p. 80)
En primavera, los fuegos ardían en Treblinka día y noche (...) Las mujeres, con más tejido graso, quemaban mejor que los hombres (...) Los vientres de las mujeres embarazadas tendían a reventar, de manera que se podían ver los fetos en su interior. En las frías noches de la primavera de 1943, los alemanes solían quedarse junto al fuego a beber y calentarse. (p. 323)
***
Nazismo y comunismo, hermanos de sangre. Como pavorosa demostración, lo ocurrido en aquellas tierras entre 1933 y 1945. Las solas cifras demudan. Catorce millones de civiles y prisioneros de guerra asesinados ("ni uno sólo" era "soldado en servicio activo", la mayoría eran "mujeres, niños y ancianos"). Ese número supera "en más de diez millones al (...) de personas muertas en todos los campos de concentración alemanes y soviéticos" y "en más de dos millones (...) el (...) de soldados alemanes y soviéticos muertos en el campo de batalla en la Segunda Guerra Mundial". Ese número es
la suma de las siguientes cifras aproximadas (...): 3,3 millones de ciudadanos soviéticos (la mayoría ucranianos) llevados a la muerte por inanición por su propio gobierno en la Ucrania soviética en 1932-1933; trescientos mil ciudadanos soviéticos (la mayoría polacos y ucranianos) ejecutados por su propio gobierno en la parte occidental de la URSS entre las aproximadamente setecientas mil víctimas del Gran Terror de 1937-1938; doscientos mil ciudadanos polacos (la mayoría de etnia polaca) ejecutados por las fuerzas soviéticas y alemanas en la Polonia ocupada en 1939-1941; 4,2 millones de ciudadanos soviéticos (en su mayoría rusos, bielorrusos y ucranianos) obligados a morir de hambre por los ocupantes alemanes en 1941-1944; 5,4 millones de judíos (la mayoría ciudadanos polacos o soviéticos) gaseados o pasados por las armas por los alemanes en 1941-1944; y setecientos mil civiles (la mayoría bielorrusos y polacos) ejecutados por los alemanes en represalias, principalmente en Bielorrusia y en Varsovia en 1941-1944. (pp. 484-485)
"Una vez más", anota Snyder en esa misma página (485), "mis cálculos son moderados". Y excluyen a los caídos en combate (¡la mitad de todos los caídos en todos los campos de batalla de la II Guerra Mundial!),
a las personas que murieron de extenuación, de enfermedades o de desnutrición en los campos de concentración o durante las deportaciones, evacuaciones o huidas ante el avance de los ejércitos. (...) a los que murieron en los trabajos forzados. (...) [a los que] murieron de hambre como resultado de la escasez provocada por la guerra, (...) a los civiles muertos en bombardeos o en otras acciones de guerra. (...) [a los que murieron en] actos de violencia llevados a cabo por terceras partes, claramente motivados, pero no directamente realizados, por la ocupación alemana o la soviética. Tales actos supusieron (...) cifras de muertos muy significativas, como la matanza rumana de judíos (unos trescientos mil) o la limpieza étnica nacionalista ucraniana de polacos (al menos cincuenta mil). (p. 483)
***
Hay que leer este descomunal libro negro de prosa clara, documental, que además recoge testimonios de víctimas y verdugos; también de espectadores, más o menos conmovidos por el Espanto, más o menos implicados en denunciarlo, revelarlo, remediarlo. Hay que leerlo para saber que esos Catorce Millones no fueron un error sino el Horror deliberado: Hitler y Stalin sabían, Hitler y Stalin querían, Hitler y Stalin urgían el exterminio del Otro. Nazismo y comunismo, hermanos de sangre. ¿Hay comparaciones odiosas? No, ciertamente, ésta. Aquí, lo odioso, lo infame, sería no comparar.
En las políticas que implicaron la eliminación de civiles o de prisioneros de guerra, la Alemania nazi mató a unos diez millones de personas en las Tierras de Sangre, quizá a once millones en total; la Unión Soviética de Stalin aniquiló a unos cuatro millones en las Tierras de Sangre y a unos seis millones en total. Si añadimos las muertes previsibles provocadas por la hambruna, la limpieza étnica y las largas estancias en los campos de concentración, la cifra estalinista total asciende a tal vez nueve millones, y la nazi quizá a doce. (p. 450)
No fueron esos Catorce Millones muertes limpias, discretas, maquinales. Los verdugos se mancharon las manos o la cara de sangre u hollín o pólvora. Los verdugos mancharon a sus víctimas con su semen, su sudor, sus babas. Y cuando para matarlas no las tocaron –"más de la mitad murieron porque se les negó la comida" (p. 17)–, las vieron, olieron, escucharon. Los verdugos sabían y hacían. Y lo contaban: del diario de un miembro de un Einsatzgruppe destacado en Lvov (Ucrania) el 1 de julio de 1941: "Cientos de judíos corren calle abajo con las caras cubiertas de sangre, con agujeros en la cabeza y los ojos colgando" (p. 238); "las familias matan a sus miembros más débiles, normalmente niños, y se comen su carne", constatará la OGPU soviética en la Ucrania del terrible año 33. Así que no sólo Hitler, claro que no. No sólo Stalin. De hecho, ni Hitler ni Stalin violaron, torturaron, asesinaron a uno solo de esos Catorce Millones. Fueron otros. Tantos.
¿Banalización del mal? ¡Pero no mancharon a sus madres, a sus mujeres, a sus hijas con su semen, su sudor, sus babas! ¿Hicieron lo que hicieron porque antes deshumanizaron, animalizaron a sus víctimas? ¡Pero seguían sabiéndolas humanas, por eso las hablaban, las violaban!
Con independencia de la tecnología empleada, la matanza era personal. Las personas que morían de inanición eran observadas, con frecuencia desde torres de vigilancia, por aquellos que les negaban el alimento. Los que morían por las armas eran vistos muy de cerca a través de las miras de los fusiles, o bien eran sujetados por dos hombres mientras un tercero apoyaba el cañón de una pistola contra la base del cráneo de la víctima. Los que iban a morir asfixiados eran acorralados, metidos en trenes y empujados a las cámaras de gas (...). (p. 18)
El Gas. Y casi de inmediato se piensa en Auschwitz. Pero sólo "uno de cada seis judíos pereció allí" (p. 449). Pero "cuando las cámaras de gas y los complejos de crematorios de Birkenau entraron en funcionamiento en la primavera de 1943, más de tres cuartas partes de los judíos que fueron víctimas del Holocausto ya habían muerto" (p. 450). Jamás se habla de Chelmno, de Belzec, de Sobibor, de Majdanek. Por otra parte, la mitad de los judíos asesinados en las Tierras de Sangre murieron fuera de las cámaras: de hambre, fusilados, quemados. Por eso Auschwitz podría resultar "engañoso" como guía de lo que fue la Shoá: la mayoría de los judíos que murieron allí jamás pisaron un campo de concentración, fueron "gaseados nada más llegar"; y aunque fue la última "factoría de la muerte" en entrar en funcionamiento, "no era la cumbre" de la tecnología nazi para el exterminio: "Los escuadrones de ejecución eran más eficientes y mataban más deprisa, los centros de hambre mataban más deprisa, Treblinka mataba más deprisa" (p. 449).
"Los asesinatos en masa separaron la historia judía de la europea, y la historia del este de Europa de la del oeste" (p. 23). Stalin mató a 3,5 millones de ucranianos entre 1933 y 1938, y Hitler a otros tantos entre 1941 y 1944. "Bielorrusia fue el centro de la confrontación nazi-soviética, y ningún país sufrió más bajo la ocupación alemana (...) La capital, Minsk, quedó casi despoblada por los bombardeos alemanes, la huida de los refugiados, el hambre y el Holocausto (...) El veinte por ciento de la población [del país] murió durante la Segunda Guerra Mundial" (p. 474). "Nadie menciona nunca que los polacos soviéticos sufrieron más que ninguna otra minoría nacional en los años treinta (...) En el bombardeo de Varsovia de 1939 murió más o menos la misma cantidad de [gente] que en el de Dresde de 1945. (...) Sólo durante el levantamiento de Varsovia murieron más polacos que japoneses en los bombardeos atómicos de Hiroshima y Nagasaki" (p. 475). El Generalplan Ost nazi tenía por objeto matar "entre 31 y 45 millones de personas (...), entre un 80 y un 85% de los polacos, el 65% de los ucranianos del oeste, el 75% de los bielorrusos y el 50% de los checos" (p. 199). El sitio de Leningrado (1941-1944) se cobró un millón de vidas, sobre una población total de 3,5 millones. Catorce millones de personas fueron asesinadas con premeditación por dos regímenes durante doce... Nazismo y comunismo, hermanos de sangre.
***
Cada muerte registrada sugiere una vida única, pero no puede sustituirla. Debemos ser capaces no sólo de contar el número de muertos, sino de contar con cada víctima como individuo. La única gran cifra que soporta el escrutinio es la del Holocausto, con sus cinco millones setecientos mil judíos muertos (...) Pero este número, como todos los demás, no debe verse como 5,7 millones, que es una abstracción que pocos podemos concebir, sino como 5,7 millones de veces uno. (p. 477)
No hay palabras pero hay que encontrarlas, sacarlas de donde sea. Escribir estos libros, reseñarlos, leerlos. Nombrar a los muertos. Para que la memoria gane en su combate contra la nada (Todorov). Hay aquí una misión:
Los regímenes nazi y soviético convirtieron a personas en números (...) A nosotros los estudiosos nos corresponde buscar esos números y situarlos en perspectiva. A nosotros, como humanistas, nos toca transformar de nuevo esos números en personas. Si no podemos hacerlo, Hitler y Stalin habrán configurado no sólo nuestro mundo, también nuestra humanidad.

TIMOTHY SNYDER: TIERRAS DE SANGRE. Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores (Barcelona), 2011, 620 páginas. Traducción de Jesús de Cos.

martes, 8 de marzo de 2011

Me lo dije yo: el espacio concentracionario

Hacía tiempo que no sabía de él, aunque aún recuerdo con envidia su aventura juvenil con Leontina, y me agrada mucho haber tenido de nuevo contacto aunque sea telefónico con un amigo que trae razón de 1996. No sé ahora al hilo de que tema de conversación por qué me preguntaba si había tratado el tema del Holocausto, y le comenté que lo traté hace unos años, por ello recupero para mi lo que desinteresadamente escribí en otro espacio en abril de 2007.



.... el espacio concentracionario [El espacio es probablemente una realidad más difícil de aprehender que la noción de territorio, que casi implica por sí misma unas coordenadas o una localización, o por decirlo de otra manera, una realidad física o geográfica. El espacio, en cambio, admite una noción del más allá, onírica e incluso virtual. Reparemos en una u otra noción tan próximas y que mutuamente se alimentan (espacio / territorio). Lo cierto es que ambas, pero más el espacio, admiten una visión poliédrica, ya que en todo caso la referencia al Espacio parece que obliga a fijar también la coordenada Tiempo. El juego de ambos da de sí para lanzarse a muchas elucubraciones. Un enfoque que creo puede verse del espacio es aquel en que el mismo se convierte en el claustro del horror, y no me refiero al claro y acotado caso del mundo carcelario, sino al espacio opresivo, no reducido a unos muros, sino al gueto, al barrio, a la ciudad o al país. Abundan mucho en la literatura esas narraciones opresivas y asfixiantes en que los protagonistas están atados y adscritos forzosamente a un espacio, no necesariamente carcelario, pero que funciona como un gran campo de concentración. Unas veces quieren salir y no pueden, y otras, queriendo permanecer en su solar, son expulsados de sus casas, sus ciudades y finalmente deportados de su país. En realidad sólo pensamos en la libertad ambulatoria cuando carecemos de ella, y seguramente será la primera libertad del humano y la única del animal. Decimos "recobró la libertad", y queremos decir con ello que recobró la libertad ambulatoria, es decir, que volvió a poder ir de aquí para allá, o no ir a ningún lado. Me viene a la memoria más de un libro húngaro muy a propósito de esta sensación del espacio como ámbito de atadura o reclusión, o de lo contrario, de expulsión de él. Algunos son claramente concentracionarios. Por ejemplo "Sin destino", de nuestro Nóbel Imre Kertész; o más aún "Guarniciones en Siberia", de Rodion Markovits, publicado en español en 1931 por la editorial Mundial; o incluso el de Ferenc Imrey, "Sangre y nieve", publicado en español por la editorial Aguilar en 1930, estos dos últimos referidos a los prisioneros de guerra húngaros de la I Guerra Mundial. Pero la idea concentracionaria de espacio opresivo sin necesidad de un espacio edificado, vallado, campo o lager creo que se trasmite especialmente bien en "El distrito Sinistra" de Ádam Bodor (editorial Acantilado, 2003) y más aún en "Nueve maletas", de Béla Zsolt (editorial Taurus, 2003). Toda la obra representa el prólogo, o los preparativos, hacia el campo de concentración, por lo que tu ciudad y tu país, de donde vas a ser expulsado, se convierten en el vestíbulo del exterminio. Así, la obra, con magistral claridad, transmite al lector una subjetiva dualidad espacial; en la que un mismo espacio, una misma ciudad, es escenario de libertad y normalidad para unos y escenario de preparación del horror para otros, que hasta hace poco disfrutaban de esa misma y ahora opuesta percepción de libertad. Esa dualidad o interferencia espacial produce un contraste que desasosiega todavía más al lector, mucho más que en el caso de un único escenario concentracionario para todos igual como sería el caso de "Guarniciones en Siberia" o de "Sangre y nieve". Lo terrible del gueto es que tu ciudad, tu espacio, se convierte en un espacio concentracionario. Pero en estas dos últimas obras, el espacio concentracionario está lejos, en otro país, en territorio enemigo, por lo que en este segundo tratamiento siempre cabe añorar tu país, tu ciudad, tu espacio habitual, como ámbitos y escenarios de la libertad, que aún existe y aún se puede recuperar. ¿Pero qué evocación y ensueño cabe hacer si tu espacio de siempre, por reclusión o expulsión, es el opresivo? Un repaso de la obra de Zsolt nos hará sentir esa contraposición o coexistencia en un mismo espacio. Espacio del que sufre la persecución, del que la promueve, del que la consiente y del que la observa horrorizado. El relato del húngaro Béla Zsolt no pretende ser un cuadro de horrores y de masacre, la historia que narra, y en la que se evidencia el carácter autobiográfico, es la historia de su país en aquellos años, y es la historia de su autor en ese contexto. La excusa o pretexto de la narración es el genocidio, que viene compuesta de relatos, que por su peso y extensión dejan de ser anecdóticos para formar parte importante de la historia. La obra, siendo literatura del holocausto, es más que eso. No desaparece en ningún momento la tensión dramática que el lector siente ante la partida hacia el campo de exterminio, que se espera de un momento a otro. La deportación expectante se mantiene toda la obra, ya que no se realiza de una sola vez, sino en 4 ó 5 veces, hasta completar todos los judíos de Nagyvarad. La historia parte ya del internamiento en el gueto a la espera de la deportación; y son las vicisitudes diarias las que el autor va narrando, así como hechos anteriores que nuestro protagonista va contando a otro interno, antecedentes de lo que está pasando, y que se refieren en gran parte a su etapa de trabajador forzado en Ucrania, en esa misma guerra. Como en muchos relatos autobiográficos el narrador no repara en todos los eslabones del iter narrativo que al lector le asaltan. Pudiera pensarse que la obra está inacabada. De hecho el autor enfermó antes de la publicación completa de las entregas y ya nunca se recuperó. La obra sufrió así un brusco final. No sabemos pues si Zsolt hubiese continuado la narración, lo más probable es que sí, sea como fuere, en lo escrito y publicado se advierte enseguida la ausencia de explicaciones esenciales, omitidas adrede por el autor. A saber: el episodio por el que de nuevo fueron apresados él y su mujer tras escapar del gueto y huir a Budapest, y las circunstancias de como después de ser finalmente deportados, no lo son a un campo de exterminio y son evacuados por los propios miembros de las SS a Suiza. ¿Se debió al pago de rescate? No sabemos si a esto o a su condición de intelectual. La suerte que padecieron algunas comunidades judías durante el holocausto tuvo mayor carga de dramatismo y de pérdida de identidad y desarraigo en aquellas poblaciones, cuyos gobiernos fueron aliados de la Alemania hitleriana. Al dolor de la persecución habían de sumar el de ver que su propio país-espacio no era un mero territorio ocupado y sometido, sino que participaba como aliado de esa política de exterminio, minados de partidos políticos que compartían el ideario genocida. Es la perdida de identidad con el propio país-espacio, en la que el perseguido, exhausto de tanta persecución, y desolado por la masacre de bebés y ancianas judías exclama: "¿Cómo puedo yo creer todavía en este país.?", término éste que no tiene poca enjundia pues no se reduce solo a un gobierno, se refiere más a todo un pueblo, a una nación; a un espacio más que a un gobierno de turno, como si los perseguidores fuesen todo el país, encabezados por el gobierno, y el país-espacio fuese cómplice del holocausto. Pero es también el perseguidor, o su cómplice, el que niega su pertenencia al pueblo-espacio, como se ve en ese pasaje en que se encuentra con un conocido, cruz flechada, y éste habla al protagonista diciendo "...nosotros los húngaros..." Esa identidad de la víctima tiene claramente una vertiente espacial-territorial de afección a un suelo, "quiero irme a casa", le dice la esposa cuando estando en Francia estalla la guerra, "..yo soy una dama de la burguesía y mis padres y mi hija están allí." Es un atavismo de reagrupamiento en el espacio familiar que de nuevo se ve más adelante cuando nuestro narrador puede aún huir de casa para ponerse a salvo, pero suelta a su familia un "no me voy", "no te imaginarás que voy a abandonaros a todos justamente ahora". Permanencia en la unión, que el propio autor consideraba peligrosa, sabiendo que más de una familia había caído así al completo. Permanecía junto a ella no por amor sino por el principio de no abandonarla en situación de peligro y "de estar juntos en medio de la tragedia que nos esperaba". Y más dramático aún resulta la desesperación en la que cae la esposa cuando habiendo eludido ella la deportación, pero no la de su hija y de sus padres, exigía que la metiesen en un " tren y la llevasen con su familia".El Estado les ha traicionado, "es como si mi madre me hubiese echado veneno", "pero seguía siendo incapaz de cambiar mi patria por otra". El autor tiene un alcance particular en la extensión de la identidad con otras víctimas, y para él son "miembros de mi tribu" los que viajan conmigo, los que se encuentran conmigo en una misma situación y los que comparten mi destino. Víctimas y verdugos, genocidas y masacrados; no son los únicos personajes del drama, hay más, esa masa gris, egoísta y envidiosa que aplaude o calla ante el desfile de los deportados, las variables damas de la ciudad que envidiaban a las judías. Luego están los que, sin ser masacrados, abominan la masacre pero no son objeto de la misma. Alzan la voz sin éxito y son acallados; o con gestos de solidaridad levantan el ánimo de los internos del gueto; como ese personaje que lanza pequeñas ofrendas a su interior; o de ese otro que discute con el indeseable herrero, uniformado todo el día de cruz flechada, y que en su puesto frente al gueto vigila que nadie se acerque, respondiendo que a él nadie le da lecciones de patriotismo o cristianismo. Y por supuesto, los médicos del gueto, cómplices de la simulación de la enfermedad de nuestros protagonistas para conseguir aplazar la deportación y finalmente escapar. En este cuarto grupo de personajes está el funcionario leal a su trabajo, que si bien parece solidario con los perseguidos, lo es ante todo con la legalidad que representa y que quiere hacer cumplir. Es ese funcionario del Registro Civil empeñado en registrar los fallecimientos del gueto, que recurre al alcalde para salvar una función, sin darse cuenta que ya la barbarie la ha destruido. La persecución lleva a una progresiva pérdida de los rasgos de identidad espacial de las víctimas, "...no teníamos patria, no teníamos ni casa, ni dirección postal, no teníamos ninguna pertenencia en absoluto. Nosotros ya no tenemos ni nombre, moriremos con nombres prestados." Un aspecto de deshumanización de la víctima en su esfera más espacial se ve, cuando el perseguido, al que en un gesto de piedad el guardián le anima a huir tras realizar el enterramiento de cadáveres, escapa pero vuelve sobre sus pasos y regresa a la columna de prisioneros para volver al gueto. Los episodios de arrepentimiento de una libertad esbozada el autor los relata también al referirse al tiempo de trabajador forzado en Ucrania y que en acertadísima metáfora describe: "El perro, cuando su dueño le pega, se escapa de su casa, pero aunque llegue al bosque, no se queda allí por más que sus antepasados fueran los lobos. El perro vuelve a su casa, con la esperanza de que no le vayan a pegar demasiado, de que lo vuelvan a atar a su cadena y de que le den un hueso para roer". El proceso de deshumanización de las víctimas tiene un leve punto de inflexión en el malestar de la población restante, que empieza a horrorizarse ante el comienzo de las deportaciones. A esa población no judía les bastaba con ver expulsar a los judíos de sus casas, de sus trabajos y de la vida pública, pero la deportación, de donde seguramente no volverían, era demasiado. ¿Arrepentimiento o miedo a tener que rendir cuentas? Parece que las dos cosas, ya que las deportaciones que se comentan datan de mediados de 1944, fecha en la que ya en Hungría se veía perdida la guerra y una cercana invasión aliada, fundamentalmente rusa. ]